Anna Calvi, del susurro a lo operístico (Razzmatazz , Barcelona 14/10/18).

Han transcurrido cinco largos años para que la británica lanzara su tercer disco de estudio, “Hunter (Domino Records 2018)”, con el que ha vuelto a cosechar excelentes y unánimes críticas. Entre el pop y el rock, en algún punto intermedio entre el primitivismo de PJ Harvey la oscuridad de Siouxie, la artista volvió a mostrar sus innatas cualidades vocales y su poderío a la guitarra, siempre emocional y expresiva, acompañada de un baterista enérgico, tribal y efectivo y de su teclista acompañada de sus extraños instrumentos de percusión.

Su nuevo trabajo quizá sea su mejor logro compositivo, en el que reflexiona sobre las etiquetas de género y estereotipos femeninos. En esta ocasión, y con la búsqueda de un sonido más crudo y visceral, contrató a Nick Launay a la producción, fiel de Nick Cave y los Bad Seeds, consiguiendo un sonido orgánico y puro alejado de retoques y manipulaciones.

Ataviada con su característica camisa roja y pantalones negros, apareció sola en el escenario con los primeros acordes a la guitarra de “Rider to the sea” (Anna Calvi 2011), mostrándose desafiante y delicada a la par. Al minuto aparecieron sus músicos y arrasaron con posiblemente los mejores cortes del último disco, “Indies or Paradise”, “As a man” y “Don’t beat the girl out of my boy”, con Anna Calvi desgañitándose por los suelos con profusión de alaridos que generaron la respuesta más entusiasta de un público respetuoso que permaneció atento y sorprendentemente silencioso. Posteriormente, con “I’ll be your man” dio una lección de interpretación desde la calma y el susurro al estallido. Magistral e hipnótico.

Cuando se cumplía una hora de magia y seducción, cerraron el concierto con “Desire”, pieza emblemática donde las haya. Para postres, “Suzanne and I”, y para afrontar el vendaval climático que nos esperaba a la salida, una versión descomunal y feroz de “Ghost rider” de Suicide.

Anna Calvi merece titulares en mayúsculas porque no es habitual encontrar a artistas con semejantes aptitudes vocales, entre lo inaudible y lo operístico, con gritos y alaridos que conmueven, acompañada siempre de una guitarra que a veces parece llora.

 

Crónica Òscar Blanch.

Fotografías Meritxell Rosell.

 

 

 

 

 

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