Los Planetas, el concierto necesario. Nueva ceremonia de exorcismo colectivo en un Sant Jordi Club entregado.

Para la parroquia ‘planetaria’, acudir a un concierto de Los Planetas supone una especie de catarsis, de momento de purificación, de ritual en el que a través de sus canciones uno es capaz de sacar fuera los demonios que lleva dentro, gritando, cantando, levantando los brazos… demonios que tienen que volver, pensando ahí en un rinconcito de nuestra cabeza que reservamos para pensar si quizás no puede ser esa la última vez y que no vuelvan. Los Planetas.

Cada vez que Los Planetas despiden un concierto con ‘La Caja del Diablo’ uno no puede evitar pensar si esa no va a ser la última vez que los vea. Los designios de la industria musical española y la propia naturaleza de los componentes de la banda, parece que empuje irremediablemente hacia una especie de gran eclosión final del grupo. Y, sin embargo, ahí siguen, congregando a la masa. Una masa que está ahí pese a todo.

A veces incluso, pese a los propios Planetas, pese a sus fallos garrafales, pese a los olvidos en las letras, pese a todo. El concierto en el Sant Jordi Club que ofrecieron el viernes los granadinos quizás no pase a la historia por el buen sonido, algo casi imposible en un espacio como ese, ni por la perfección en la ejecución. Y a quién le importa. Los Planetas han conseguido que, desde los primeros acordes, la emoción se apodere del público, que va asumiendo las canciones nuevas y las menos conocidas como parte de una preparación mística que le encamine hacia las joyas de la corona. Alguna siempre se olvida, pero Los Planetas tienen repertorio suficiente para que sus fieles se estremezcan, chillen, se abracen y lloren en mitad de la canción, de su canción.

La presencia de canciones de “Zona Temporalmente Autónoma“, su último disco, eclipsó, por ejemplo, algunos de los temas más queridos por los que pensamos que “Una Ópera Egipcia“, es un disco muy salvable. Y no pasa nada. Porque uno no echa de menos esas canciones hasta que, volviendo a casa y discutiendo con los amigos y amigas, van cayendo canciones que podrían hacer casi otro repertorio. Como siempre Los Planetas tiraron de clásicos y canciones que ya, como por arte de magia, son clásicos modernos. ‘Islamabad’ o ‘Ijtihad’ son ya canciones que son coreadas por la gente como si de ‘Alegrías de un incendio’ o ‘Santos que yo te pinte’ se tratara.

Canciones que han pasado a ser parte de la vida del público, como ‘Un buen día’, canciones sobre las que surge un silencio angustioso como ‘Corrientes circulares en el tiempo’, canciones para desatarse pese a los errores, como ‘Segundo Premio’. Canciones antiguas como ‘David y Claudia’, canciones que nos recuerdan a otras canciones como ‘Espíritu Olímpico’. Canciones que ya son parte de la vida de mucha gente.

Y qué gente. El Sant Jordi Club hay que llenarlo. No es fácil que todo esté a rebosar, pero una muy buena entrada. Con ese frío atroz que sobrevino para saludar el mes de diciembre. Con una excursión por la montaña mágica de Montjuïc en la que la presencia de los lateros con su cerveza fresca y la consecuente maniobra de sacar la manita para beber y congelarse en el acto hacía casi preferir los precios de escándalo que cobraban dentro por una cerveza, oiga. Vamos, que no.

Pero quiénes son los que siguen acudiendo a la ceremonia planetaria. Somos gente que vio los 30 años una vez, algunos todavía lo recuerdan otros ya van asumiendo la cuarentena, gente que saluda las palabras de Jota a sabiendas que Jota está ahí y es un milagro, porque otros con las mismas ya no están para nada. Y Jota, como Eric, como Florent, está. Y aunque la vida va poniéndonos a todos en nuestro sitio y cuando bajemos de la montaña mágica habrá que enfrentarse a la vida otra vez, a volver a casa, a resistir al frío, a la inminente campaña electoral, a apurar la última cerveza, a buscar algún lugar donde siga la juerga, a prepararse para salir a correr por la mañana, quién sabe, aún guardamos la esperanza de volver a ver un concierto de Los Planetas.

Una vez más. Brazos en alto, chillando para sacar fuera lo que solo Los Planetas sabe extraer de nosotros. Cantando con desconocidos. Ellos quizás no lo saben, pero son necesarios. Y los Planetas también.

 

Antonio Molina.

 

 

 

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